viernes, 22 de febrero de 2013

¿Qué quieres que te diga? Dímelo y te lo diré, te lo tatuaré.



Me da vértigo saltar a tus labios. Me hace temblar asomarme a tus palabras. Me reconcome pensar día y noche contigo. No como ni duermo sin pensar en ti, en ti y en el posible nosotros que rima tan bien con la sonrisa que me sale al ver que aún me recuerdas aunque sea por unos segundos, aunque sea por mi perfume.

Pienso, tiemblo y me acojono; pero aún y todo, sigo en modo de espera, sentada con mi eje puesto en ti. 
Tú mi punto fijo, mi kilómetro cero por el que algún día volví a caer. 

Mientras tanto piensas en encontrar la bala perfecta, la bala que encaje bien entre tus neuronas, para por fin olvidar. No solo a mi, no soy tan egoísta; sé bien que hace varios meses, al deshacer tus maletas, el mundo empezó a comerte poco a poco. 

Comenzó a llover y llover. A robarte por dentro, y a desbaratarte por fuera. 

Esas maletas que una mañana se hicieron con tantas sonrisas bordadas de momentos prometedores, que por algún estúpido despiste perdiste. 

Que te pones a recordar en dónde pudo ser la caída, en qué oportunidad caíste al vacío dejando tu salvavidas volando lejos.

Pero nada, ni lo sabes ni nunca lo comprenderás del todo

Claro, te sentías tan valiente eras tan poco tú. Eras tan ella que te perdiste a ti mismo camino al hogar. 

Un hogar que ya no lleva tu nombre por bandera, cuatro paredes y unos labios que tampoco llevan tu miel encalada. 

Entre las esquinas sombrías relatas tu culpa, escribiendo en humo desgraciado

lunes, 4 de febrero de 2013

Capítulo 6


Esa misma mañana lejos del mar.

Una gran ola cae. Una de esas olas tan fuertes y rápidas que no te dejan tiempo suficiente para escapar y terminas empapado, de arriba a abajo. Tal y como ocurre con el pasado. Por un momento vuelve, sin el menor aviso, aunque estuviese tan profundamente dormido como la bella durmiente. Lo que ocurre es que sin desearlo el maldito príncipe la despertó en el peor de los momentos.

                Al mojarnos, nuestro pequeño navío ha quedado atrapado. Parece como si no quisiese huir de esos antiguos recuerdos tan dolorosos que nos afectan de una manera inesperada. Intentas con todas tus fuerzas escapar. Pero no es posible. Ahora no. Otra gran ola te alcanza, otro odioso y a la vez  fantástico recuerdo se cuela en tu mente.

   <<Era ya tarde, las tiendas habían cerrado y las farolas alumbraban el sendero. Él sin embargo, caminaba sin rumbo por las calles peatonales de la zona del parque. Camino durante un rato sin saber muy bien lo que andaba buscando por la zona. Sentía como si se le hubiese olvidado  algo, algo importante. 

Estaba dispuesto a pasar toda la noche caminando hasta que encontrara ese algo que le devolviese la tranquilidad de cada noche. Pero nada, ni rastro. Cada vez le resultaba más complicado mantener sus ojos abiertos. Estaba cansado, exhausto. Mario decidió descansar sentado al regazo del gran árbol. No sabía dónde se encontraba pero era demasiado valiente como para admitir que sus tembleques no eran por la fría noche. Fue entonces cuando avistó aquella estrella fugaz tan luminosa y bella. Rápidamente recordó lo que, una vez, su abuelo le contó:

"-Camine sin sentido la mitad de mi vida, en busca de algo que no sabía lo que era hasta que una noche tu hermosa abuela me sonrío. Ella fue mi estrella caída del cielo".

Mario rápidamente se levantó, se sacudió el pantalón y apresuró su paso. Trató, con gran deseo, llegar hasta aquella estrella fugaz. Sólo le dio tiempo a dar tres cortos pasos hasta que la estrella fugaz desapareció entre la profundidad de la noche azulada. El niño lloró y lloró. Pedía a la estrella entre lágrimas que volviese a aparecer. Que por favor fuese su guía como su abuela fue para su abuelo. Que sin ella no sabría ni volver a casa. Puede que tan sólo tuviese 7 años pero estaba seguro de que ella sería su guía, sabía con franqueza que la conseguiría costase lo que costase. 
Esa estrella algún día sería suya. >>

                Tras unos cuantos recuerdos más Mario despierta de sus extraños pensamientos.

 Siente unas ganas locas de llamarla, de escuchar su voz. En unas horas la vería, sabía bien dónde encontrarla. Después de tanto tiempo, no se lo podía creer. Lo que Mario no sabía era que nada era igual, habían pasado muchas cosas en las vidas de sus antiguos amigos. Habían ocurrido tantas cosas, que resultaba hasta extraño.

                Sin perder más tiempo Mario se levanta, realiza el intento de organizar su dormitorio el cual se podría confundir fácilmente con una leonera. Zapatillas debajo de la cama, ropa ya usada apenas visible debajo de unas cuantas latas de Aquarius la bebida de moda de los deportistas. Aunque no sé si podríamos considerar a Mario un chico atlético, eso sí le encanta ver como vence su equipo a su gran rival. A nuestro apuesto chico de 21 años le encanta pasearse con su nuevo coche de segunda mano, también le gusta intentar caer bien a todo el mundo aunque eso más de una vez le haya traído problemas. Se trata de un hecho social. Es imposible caerle bien a todo el mundo a la vez. Con esto podríamos decir que le gusta sentirse algo popular entre la gente, sin embargo no es así. Simplemente le gusta conocer gente para aumentar su cantidad de amigos en las redes sociales, aunque después no hable con la mitad de esas personas a las que agrego un domingo resacoso. Lo que más caracteriza a Mario del resto de la gente se trata de su amabilidad. Logra hacer que todo sea tan sencillo. Todo es absolutamente fácil con él. Y lo segundo que más le caracteriza  y llega a hacer que te embobes, es su sonrisa. Sus ganas de soñar con esa estrella dorada no habían dejado de sonar en su piel. Los recuerdos a flor de piel y las ganas en su interior le conducían a no tener miedo a dejárselo todo en un all in.

                Pero ahora, nada es así Mario ya no sonríe. Lo más mínimo. Todo se le tuerce. Su vida está llena de soledad. Los colores se han hecho uno creando el color de la fría y triste oscuridad. Negro. No existe otro color. Desde aquel día que su fantástica vida se hundió. Nunca antes había saboreado el fruto de la traición. Y por si todo esto fuese poco, esta mañana, aquella cicatriz de amor se ha vuelto a abrir, la sangre a comenzado a caer.

                Dándose cuenta que no tiene ni tiempo ni ganas de ordenar aquella leonera. Sale a la calle ya duchado. Huele a champú. Fantástico olor. No le gusta estar mucho tiempo en casa encerrado.
Distraído continúa caminando sin rumbo por la ciudad. Esa preciosa ciudad la cual le regalo miles de inolvidables recuerdos.

-                     Espero que hoy me regales unos cuantos más- Piensa para sí mismo, aunque no está muy seguro si solo lo ha pensado o lo ha dicho en voz baja. Qué más da. Sin embargo se gira rápidamente para ver la reacción de la gente con la que se ha cruzado. Nada, todo es normal. Todos siguen con sus enredadas vidas.  Si me hubiese escuchado alguien tampoco me hubiese importado la verdad, que más me da. Ya no me importa lo que la gente diga o deje de decir de mí. He cambiado. Pero ¿he cambiado en el buen sentido o en el malo? Supongo que en el bueno. Porque me doy cuenta de los fallos que cometí y me arrepiento. Son casi las tres, tengo que volver a casa es tarde. Lo que me faltaba, ahora cuando llegue me espera una charla sobre la impuntualidad.  

Capítulo 4


Entonces suena esa canción que consigue tele-transportarla hasta aquel tiempo. Hasta hace varios años. Siente como le invade un cosquilleo de felicidad por todo su cuerpo. Sonríe como una boba. Recuerda rápidamente el comienzo de todo. Incluso se acuerda de cosas que ni recordaba. Es magia. Es tristeza. Es añoranza. Vuelve a despertar al escuchar su nombre de lejos.

-          Eva. Elene te llama. ¿Estabas otra vez dormida? Haz el favor de recoger tu cuarto.

-          ¿Si, Ele?

-          ¿Estabas dormida a estas horas? Son más de la una.

Eva se ríe.

 – Me has recordado a mi madre. Que va no estaba dormida, simplemente estaba escuchando música y soñando despierta.

–        ¿Soñando? ¿Con que? Bueno que más da. Luego me explicaras. Que ya es tarde y tengo que hacer miles de cosas aun. He quedado a las tres en…

–        Sí en casa de Andrea lo sé…

–        Bueno chica, otro día no te aviso.

–        No iba a malas. Lo sé porque siempre es igual. Todos los sábados quedamos en casa de Andrea a las tres para prepararnos. Aunque no sé si hoy iré.

–        ¿Por? Para una vez que voy yo en meses.

–        Pues porque he quedado en que Aron me vendría a buscar a mi casa para ir los dos juntos en coche. Así me ahorro el billete de autobús.

–        Entonces, ¿está todo bien con él?

–        Sí. Ayer solucionamos todo. No te preocupes estoy bien.

–        Está bien. ¿Entonces quedamos en la estación para eso de las cuatro y media?

–        Me parece bien. Un beso, hasta luego.

                La verdad era que no se sentía nada bien. Estaba totalmente confusa. Era cierto que lo habían arreglado pero ya no se sentía tan cómoda como antes en esa relación. Se sentía como en un agujero negro sin ninguna escapatoria.

Capítulo 3


Unas cuántas calles más allá. En aquella habitación no tan azul por culpa del paso del tiempo. El silencio hacía su entrada. 
Había tanto silencio que no resultaba difícil escuchar el canto de los pájaros de la plaza. Esa preciosa melodía no hacía más que silenciar más la habitación. 
Se sentía a gusto hablando para sí mismo.

                -No llego a comprender. ¿Por qué la gente necesita la ayuda de los demás? ¿No son suficientes acaso los problemas de uno mismo? Hasta ahora he salido adelante sin la ayuda de nadie. Siempre he vivido así y me ha ido bien. Aunque seguro que cuando era un crío no podía hacer nada solo. Dependía de los demás. Está bien. Debo admitirlo he llegado hasta aquí con la ayuda de otros. Ahora me las apaño solo perfectamente. Sé que hacer para sobrevivir. Ya no soy un crío. Eso pertenece al pasado. No. No es verdad… ¿A quién pretendo engañar? La verdad es que no estoy seguro de nada. Estoy confuso. ¿Qué tengo que hacer para salir adelante sin la ayuda de nadie? ¿Alguien puede decírmelo? … ¿Alguien…? Después de todo, estoy pidiendo ayuda. Ayuda que nadie me prestará.

                El maldito pasado aún me acecha sin rencor. Cometí  errores en estos últimos años, tal vez demasiados. Por eso estoy solo. Lo tenía todo. Todo lo que me costó tanto encontrar. Y ahora, mírame, no me queda nada. Sólo mentiras. Falsas apariencias. Todo por ella. Por ella soy un maldito solo.
 Ella, no había persona en el mundo a la que más odiase. Aunque también sabía que tampoco había persona a la que echase más de menos, de todas aquellas a las que había perdido en el camino hacia la soledad. 

Sus amigos, fueron de verdad. Era de verdad. Una amistad de esas que hace sentir envidia a terceras personas. Pero, ahora, todo termino. Ni si quiera podía mirarles a la cara por pura vergüenza. Sabía que él tuvo la culpa. Nadie más que él, eso era lo que más le dolía.

                Al abrir sus ojos cayó en la cuenta. – Hoy es sábado. Hoy les veré. Ha pasado tanto tiempo. ¿Y si no salgo? No. Tengo que salir. Quiero salir. Si me quedo lo único que haré será no salir nunca más en la vida por el miedo a encontrármelos, algún día tendrá que ocurrir. ¿Por qué no hoy? Podría intentar arreglar las cosas, aunque no creo que sea tan fácil. Tal vez ellos ya lo han olvidado, o al menos me han perdonado. Me pasé. Lo sé. Voy a intentarlo. Voy a intentar hacer que todo vuelva a ser como era. No tengo nada que perder. No me queda nada ya.

 Nada salvo un perdón barato lleno de miedo.

Capítulo 2


Basta. No voy a darle más vueltas. Voy a intentar no pensar. Voy a desconectar mis sentimientos por un momento. 
Corazón deja de latir de esta manera. Duerme. No pasa nada. No por ahora al menos. Todo saldrá bien ¿verdad?  
Será mejor pensar en positivo en estos momentos. 
No sirve de nada pensar en negativo y perderse de nuevo por el sendero de la duda y del miedo. Sueño. Sueño en el mañana. Estoy en la calle. Pérdida y algo mareada por culpa de la multitud que me encuentro al entrar en el pub. Le encuentro. Nos cruzamos. Nuestras miradas se encuentran, se enlazan. Me quiero acercar pero algo me detiene. No puedo moverme ¿Qué me ocurre?  Veo como me grita algo. En vano. No soy capaz de escuchar nada que no sea alboroto. Entonces me doy cuenta, ya no estoy allí. Estoy lejos. Tan lejos que ni el aire que respiro  es el mismo. 

                De un golpe despierta de aquel extraño sueño. Ya es de día. Es el día. Asustada  saca sus pequeños pies de entre las sabanas a la realidad. Es entonces cuando sin querer, sin ella darse apenas cuenta le vienen las palabras de aquel mensaje de texto que recibió hacía ya casi un año de Mario, su amigo hasta hace unos meses. Como corre el tiempo. La angustia la absorbe en ese momento. Ella intentando ocultarse se arropa hasta la cabeza y cierra los ojos. Aun le duele. Odio lo que ocurrió tanto como lo que no pudo ocurrir. ¿Cómo no se dio cuenta antes? ¿Por qué fue tan estúpida? Aun no lo entendía. En el fondo sabía que nunca en la vida lo terminaría de entender. Pero en este momento eso no es lo importante. Todo aquello pertenece al pasado. Solo al pasado. Eva pensaba que tal vez si se lo repetía unas cuantas de veces más se lo terminaría creyendo y su corazón escondería de nuevo todos esos recuerdos y sentimientos en aquel lugar de donde salieron sin permiso. Porque el pasado es un simple tiempo al que nadie puede volver. Resulta estar demasiado lejos de nuestro alcance.

                Desde la cocina llega una voz. Es su madre que la llama para que se levante de una vez. No comprende que es sábado, el único día de la semana que tiene para dormir a gusto.
-          ¡Eva! ¿Aún estas dormida? Son más de las diez y cuarto. Venga, arriba dormilona. Que ya has dormido suficiente. Encima me prometiste ayudarme con las compras de la semana.
-          Ya voy. – Todas las mañanas la misma canción. Aunque era cierto. Su madre, la conocía bien. Sabía que si no la despertase luego se lo echaría en cara o se levantaría alterada diciendo que tiene prisa que como todos los sábados tenía que estar en casa de Andrea para eso de las tres.

                La casa de Andrea estaba a una media hora de su casa y se había convertido en todo un ritual el ir allí antes de salir de fiesta. No era muy grande pero si lo bastante como para que unas cuántas amigas se peinasen y maquillasen mutuamente. No porque no pudiesen ellas solas en su casa, no, no, nada que ver, simplemente les gustaba. Resultaban ser tan parecidas y a la vez tan diferentes… eso sí, todas sabían que si faltase alguna en un momento dado, por cualquier motivo, no sería lo mismo. Pero Eva sabía que algún día no muy lejano se terminarían separando del todo. Ella ya lo notaba. Como ocurrió con Mario. 

De nuevo él en su mente. No se lo podía permitir. No, ahora no.

Capítulo 1


Pi, pi, pi
La chica distraída no ha llegado a escuchar el sonido de su teléfono móvil;  piensa desinteresada que no ha sido el suyo. Continua disfrutando de aquel anochecer de primavera, mientras tranquilamente escucha las pequeñas aventuras de la vida su mejor amiga. Ella no sabe que en su pequeña pero amplia pantalla de móvil se pueden leer las palabras que la harán sentir tan feliz “Nuevo mensaje recibido

 ¿Qué porque la harán sentir ese sentimiento que conocemos por el nombre de felicidad? 
Pues simplemente porque dentro de esas dos nuevas palabras, que aparecen parpadeantes durante unos segundos,  se esconde otro sentimiento más grande que el de la felicidad. El amor.

Tal vez quien se lo haya enviado escribía aquellas palabras del mensaje con una gran sonrisa de oreja a oreja, por su culpa. Por ella; y simplemente por ella el chico ahora se siente algo tonto leyendo las nuevas palabras que aparecen en su pantalla “Mensaje enviado”; mientras, ansioso espera una respuesta de ella.
Ella con la que su mente piensa día y noche. 
Ella, quien consigue que sus pequeños ojos coca cola se abran como platos siempre que la ve de lejos, por un inesperado encuentro debajo del bar por el que se pasa tantas horas de risas y copas con sus amigos, con aquellos que conocen todos sus sentimientos y momentos de la vida, tanto los buenos como los malos. Ella, aquella pequeña y guapísima chica que por poco provoca  un problema cardíaco siempre que le habla directamente.

El chico mira el pequeño reloj que se encuentra colgado de la pared azul recién pintada de su dormitorio. Hace ya diez minutos escasos que envió aquel mensaje en el que tanto quería transmitir pero a la vez tan poco. Se pregunta el por qué pasa el tiempo tan despacio y sobre todo se pregunta con gran curiosidad si ella lo habrá visto. 
Tal vez nunca llegue a recibir un nuevo mensaje con esas palabras que tanto desea escuchar por ella. Simplemente porque a ella, que es tan blanca de piel y morena de cabello, no le ha llegado a transmitir tanto como él habría querido en ese momento en el que le dio a “enviar”; tan nervioso y asustado en la misma milésima de segundo. No sabe cómo pudo sentir dos sentimientos tan opuestos al mismo tiempo, pero no se para mucho tiempo pensando en la respuesta a esta extraña pregunta, ahora mismo está demasiado nervioso dentro de esa interminable espera y decide escoger la respuesta más sencilla y simple que existe ahora mismo en su vida para esa pregunta. 
“Tal vez sea porque estoy enamorado, sí eso es, ¿entonces esto es lo que se siente cuando estás enamorado?” tras una pequeña sonrisa sin darse cuenta pronuncia dos palabras en alto “me gusta”.

Mientras tanto, en otra parte de la ciudad vuelve a sonar el mismo sonido.

  Pi, pi, pi

Ella ahora sí se da cuenta y adentra la mano en aquel gran y extraño mundo al que llama “su bolso”; en el que antes de encontrar el objeto que se busca nos tropezamos con miles de recuerdos, que si pañuelos medio usados, pintalabios, una caja de esos nuevos chicles de menta que salen tanto en la tele,  que si un billete de tren que nunca llegó a utilizar; ya que sus planes cambiaron en un cerrar y abrir de ojos… por motivo de algún altercado sorpresa; a nadie nos agradan, sencillamente porque terminas diciendo a gritos miles de patrañas.

Tras sacar algunos recuerdos más, y otro tanto de cosas sin valor e inútiles de su bolso, recuerda que lo que buscaba no podía estar ahí por el mero hecho de que había recordado que para llevarlo más a mano se lo guardó en el bolsillo derecho de su cazadora de poli piel marrón, esa con la que esa misma mañana había estado tumbada encima de la hierba  que había llegado a mojar aquella pequeña tormenta enfurecida la noche anterior. Esa chaqueta con la que se encontró nada más alzar su mirada.

 Tanto sus ojos oscuros como su mirada comenzaban a tener un toque de curiosidad por saber el motivo que originaba ese sonido. 

Pi, pi, pi una vez más. 

                ¿Cuánto tardará en leer ese mensaje? Nada. Unos segundos como mucho. En mucho  menos de un minuto tú vida puede cambiar de manera imborrable.

Prólogo


Ésta es una de esas historias que debes leer y comprender. Comprender para no perder el rumbo; y asimilar lo que nunca comprendiste. No comenzaré con un "erase una vez". La mayoría de ellos vienen con un "fueron felices" integrado. Y por ahora ni tú ni yo ni él sabemos si esta historia, su historia, terminará como debería.

Rebajaremos las penas a la mitad dejando a la esperanza en buen lugar. Daremos importancia a los sentimientos veraces, aquellos que el orgullo esconde tras su máscara.

Dejaré que te imagines mis pasos mientras pasas de página y continúas leyendo mis palabras. Pero espero que no olvides lo que pretendo con esto. Pretendo estar lejos. 

Apartado del mundo real es como quiero que interpretes las palabras.