Esa misma mañana lejos del mar.
Una gran ola cae. Una de esas
olas tan fuertes y rápidas que no te dejan tiempo suficiente para escapar y
terminas empapado, de arriba a abajo. Tal y como ocurre con el pasado. Por un
momento vuelve, sin el menor aviso, aunque estuviese tan profundamente dormido
como la bella durmiente. Lo que ocurre es que sin desearlo el maldito príncipe
la despertó en el peor de los momentos.
Al
mojarnos, nuestro pequeño navío ha quedado atrapado. Parece como si no quisiese
huir de esos antiguos recuerdos tan dolorosos que nos afectan de una manera
inesperada. Intentas con todas tus fuerzas escapar. Pero no es posible. Ahora
no. Otra gran ola te alcanza, otro odioso y a la vez fantástico recuerdo se cuela en tu mente.
<<Era
ya tarde, las tiendas habían cerrado y las farolas alumbraban el sendero. Él
sin embargo, caminaba sin rumbo por las calles peatonales de la zona del
parque. Camino durante un rato sin saber muy bien lo que andaba buscando por la
zona. Sentía como si se le hubiese olvidado algo, algo importante.
Estaba
dispuesto a pasar toda la noche caminando hasta que encontrara ese algo que le
devolviese la tranquilidad de cada noche. Pero nada, ni rastro. Cada vez le resultaba
más complicado mantener sus ojos abiertos. Estaba cansado, exhausto. Mario
decidió descansar sentado al regazo del gran árbol. No sabía dónde se
encontraba pero era demasiado valiente como para admitir que sus tembleques no
eran por la fría noche. Fue entonces cuando avistó aquella estrella
fugaz tan luminosa y bella. Rápidamente recordó lo que, una vez, su
abuelo le contó:
"-Camine
sin sentido la mitad de mi vida, en busca de algo que no sabía lo que era hasta
que una noche tu hermosa abuela me sonrío. Ella fue mi estrella caída del cielo".
Mario rápidamente
se levantó, se sacudió el pantalón y apresuró su paso. Trató, con gran deseo,
llegar hasta aquella estrella fugaz. Sólo le dio tiempo a dar tres cortos pasos
hasta que la estrella fugaz desapareció entre la profundidad de la noche
azulada. El niño lloró y lloró. Pedía a la estrella entre lágrimas que volviese
a aparecer. Que por favor fuese su guía como su abuela fue para su abuelo. Que
sin ella no sabría ni volver a casa. Puede que tan sólo tuviese 7 años pero
estaba seguro de que ella sería su guía, sabía con franqueza que la conseguiría
costase lo que costase.
Esa estrella algún día sería suya. >>
Tras
unos cuantos recuerdos más Mario despierta de sus extraños pensamientos.
Siente unas ganas locas de llamarla, de
escuchar su voz. En unas horas la vería, sabía bien dónde encontrarla. Después
de tanto tiempo, no se lo podía creer. Lo que Mario no sabía era que nada era
igual, habían pasado muchas cosas en las vidas de sus antiguos amigos. Habían
ocurrido tantas cosas, que resultaba hasta extraño.
Sin
perder más tiempo Mario se levanta, realiza el intento de organizar su
dormitorio el cual se podría confundir fácilmente con una leonera. Zapatillas
debajo de la cama, ropa ya usada apenas visible debajo de unas cuantas latas de
Aquarius la bebida de moda de los deportistas. Aunque no sé si podríamos
considerar a Mario un chico atlético, eso sí le encanta ver como vence su equipo
a su gran rival. A nuestro apuesto chico de 21 años le encanta pasearse con su
nuevo coche de segunda mano, también le gusta intentar caer bien a todo el
mundo aunque eso más de una vez le haya traído problemas. Se trata de un hecho
social. Es imposible caerle bien a todo el mundo a la vez. Con esto podríamos
decir que le gusta sentirse algo popular entre la gente, sin embargo no es así.
Simplemente le gusta conocer gente para aumentar su cantidad de amigos en las
redes sociales, aunque después no hable con la mitad de esas personas a las que
agrego un domingo resacoso. Lo que más caracteriza a Mario del resto de la
gente se trata de su amabilidad. Logra hacer que todo sea tan sencillo. Todo es
absolutamente fácil con él. Y lo segundo que más le caracteriza y llega a hacer que te embobes, es su
sonrisa. Sus ganas de soñar con esa estrella dorada no habían dejado de sonar
en su piel. Los recuerdos a flor de piel y las ganas en su interior le
conducían a no tener miedo a dejárselo todo en un all in.
Pero
ahora, nada es así Mario ya no sonríe. Lo más mínimo. Todo se le tuerce. Su
vida está llena de soledad. Los colores se han hecho uno creando el color de la
fría y triste oscuridad. Negro. No existe otro color. Desde aquel día que su fantástica
vida se hundió. Nunca antes había saboreado el fruto de la traición. Y por si
todo esto fuese poco, esta mañana, aquella cicatriz de amor se ha vuelto a
abrir, la sangre a comenzado a caer.
Dándose
cuenta que no tiene ni tiempo ni ganas de ordenar aquella leonera. Sale a la
calle ya duchado. Huele a champú. Fantástico olor. No le gusta estar mucho
tiempo en casa encerrado.
Distraído continúa caminando sin
rumbo por la ciudad. Esa preciosa ciudad la cual le regalo miles de inolvidables
recuerdos.
-
Espero que hoy me regales unos cuantos más-
Piensa para sí mismo, aunque no está muy seguro si solo lo ha pensado o lo ha
dicho en voz baja. Qué más da. Sin embargo se gira rápidamente para ver la
reacción de la gente con la que se ha cruzado. Nada, todo es normal. Todos siguen
con sus enredadas vidas. Si me hubiese
escuchado alguien tampoco me hubiese importado la verdad, que más me da. Ya no
me importa lo que la gente diga o deje de decir de mí. He cambiado. Pero ¿he
cambiado en el buen sentido o en el malo? Supongo que en el bueno. Porque me
doy cuenta de los fallos que cometí y me arrepiento. Son casi las tres, tengo
que volver a casa es tarde. Lo que me faltaba, ahora cuando llegue me espera
una charla sobre la impuntualidad.
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