Basta. No voy a darle más
vueltas. Voy a intentar no pensar. Voy a desconectar mis sentimientos por un
momento.
Corazón deja de latir de esta manera. Duerme. No pasa nada. No por
ahora al menos. Todo saldrá bien ¿verdad?
Será mejor pensar en positivo en estos momentos.
No sirve de nada pensar
en negativo y perderse de nuevo por el sendero de la duda y del miedo. Sueño.
Sueño en el mañana. Estoy en la calle. Pérdida y algo mareada por culpa de la
multitud que me encuentro al entrar en el pub. Le encuentro. Nos cruzamos.
Nuestras miradas se encuentran, se enlazan. Me quiero acercar pero algo me
detiene. No puedo moverme ¿Qué me ocurre?
Veo como me grita algo. En vano. No soy capaz de escuchar nada que no
sea alboroto. Entonces me doy cuenta, ya no estoy allí. Estoy lejos. Tan lejos
que ni el aire que respiro es el
mismo.
De
un golpe despierta de aquel extraño sueño. Ya es de día. Es el día.
Asustada saca sus pequeños pies de entre
las sabanas a la realidad. Es entonces cuando sin querer, sin ella darse apenas
cuenta le vienen las palabras de aquel mensaje de texto que recibió hacía ya
casi un año de Mario, su amigo hasta hace unos meses. Como corre el tiempo. La
angustia la absorbe en ese momento. Ella intentando ocultarse se arropa hasta
la cabeza y cierra los ojos. Aun le duele. Odio lo que ocurrió tanto como lo
que no pudo ocurrir. ¿Cómo no se dio cuenta antes? ¿Por qué fue tan estúpida?
Aun no lo entendía. En el fondo sabía que nunca en la vida lo terminaría de
entender. Pero en este momento eso no es lo importante. Todo aquello pertenece
al pasado. Solo al pasado. Eva pensaba que tal vez si se lo repetía unas
cuantas de veces más se lo terminaría creyendo y su corazón escondería de nuevo
todos esos recuerdos y sentimientos en aquel lugar de donde salieron sin
permiso. Porque el pasado es un simple tiempo al que nadie puede volver.
Resulta estar demasiado lejos de nuestro alcance.
Desde
la cocina llega una voz. Es su madre que la llama para que se levante de una
vez. No comprende que es sábado, el único día de la semana que tiene para
dormir a gusto.
-
¡Eva! ¿Aún estas dormida? Son más de las diez y
cuarto. Venga, arriba dormilona. Que ya has dormido suficiente. Encima me
prometiste ayudarme con las compras de la semana.
-
Ya voy. – Todas las mañanas la misma canción.
Aunque era cierto. Su madre, la conocía bien. Sabía que si no la despertase
luego se lo echaría en cara o se levantaría alterada diciendo que tiene prisa
que como todos los sábados tenía que estar en casa de Andrea para eso de las
tres.
La
casa de Andrea estaba a una media hora de su casa y se había convertido en todo
un ritual el ir allí antes de salir de fiesta. No era muy grande pero si lo
bastante como para que unas cuántas amigas se peinasen y maquillasen
mutuamente. No porque no pudiesen ellas solas en su casa, no, no, nada que ver,
simplemente les gustaba. Resultaban ser tan parecidas y a la vez tan
diferentes… eso sí, todas sabían que si faltase alguna en un momento dado, por
cualquier motivo, no sería lo mismo. Pero Eva sabía que algún día no muy lejano
se terminarían separando del todo. Ella ya lo notaba. Como ocurrió con Mario.
De nuevo él en su mente. No se lo podía permitir. No, ahora no.
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